No tenía intención de hacer el Camino. Tenía intención de jubilarme con calma. Pero un sábado de febrero, en una sobremesa con mi hermana, le dije en voz alta que iba a caminar a Santiago. A los tres meses estaba en Saint-Jean-Pied-de-Port con una mochila de 7 kilos y una rodilla que no me daba mucha confianza.
Primera semana: aprender a parar
Los primeros tres días casi me rompo. Salí queriendo hacer las etapas oficiales y a partir del kilómetro 18 cada paso era una negociación. El cuarto día me planté en Pamplona y dormí once horas. A partir de ahí decidí dos cosas: caminar máximo 22 km al día y comer de verdad al mediodía. Las dos decisiones cambiaron el viaje.
A los sesenta no caminas por demostrar nada. Caminas porque puedes y mientras puedas.
La meseta y el silencio
Mucha gente se salta la meseta porque dicen que es aburrida. A mí me dio el viaje. Diez días de campos amarillos, sol blanco, y kilómetros de carretera por los que casi no pasa nadie. Pensé en mis padres, en mi hijo, en cosas que llevaba quince años sin pensar. La meseta no es el camino físico — es el camino mental.
Galicia y la lluvia
Llegué a O Cebreiro con neblina y un frío de tres grados. Cuatro días seguidos lloviendo. Las botas no me aguantaron. Compré unas zapatillas trail en Sarria y entendí lo que me había dicho mi sobrino antes de salir: "el problema no es el agua, es seguir caminando con los pies mojados". Cambia los calcetines a media etapa.
La plaza
Llegué a la plaza del Obradoiro un martes a las once de la mañana. No lloré, no me arrodillé, no hice fotos. Me senté en la piedra mirando la fachada durante una hora larga. Pensé que mañana iba a echar de menos algo que ni siquiera sabía nombrar. Y así fue.
